Las últimas teorí­as sobre el amor

El amor se escurre como el agua entre los dedos, renuente a que lo encerremos tras los barrotes de un alegato. Incluso de esta manera, vamos a hacer un esmero por describirlo. Si bien, cuando el escritor portugués Fernando Pessoa lo procuró, le salió prácticamente un trabalenguas: “¿Qué deseas que te afirme aparte de que te amo, si lo que deseo decirte es que te amo?”.

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Dicen los expertos que, para saber si una persona está enamorada, es suficiente con mirarla a los ojos y revisar si sonríen al mirar, si relucen más de lo frecuente, si desaparece el planeta alrededor del amado al que se dirige su atención. El escritor Jorge Luis Borges observaba, además de esto, otra circunstancia: “Uno está enamorado cuando se percata de que otra persona es única”.

Pero cualquiera que haya leído la suficiente poesía cariñosa se percata de que los versos de amor, por entregados que estén a un enamoramiento, charlan más del propio versista que del romance en sí. Platón, en verdad, era partidario de la pasión con escasas palabras: “La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco”, aseveró.

Einstein, por su lado, pensaba más que sentía. Según él: “Al comienzo, todos y cada uno de los pensamientos pertenecen al amor. Después, todo el amor pertenece a los pensamientos”. Otra racionalista, Françoise Sagan, escribió: “Querer no es únicamente estimar, es sobre todo entender”.

Latidos de ciencia

Las pistas contradictorias de la poesía tienen, por fortuna, un contrapeso a su subjetividad: la ciencia. La neurociencia se está empleando a fondo para desentrañar la mecánica del amor, alén del fantástico planeta de la lírica. Acá se trata no tanto de impulsar espacios para la identificación como de enterarnos de una vez por siempre de de qué manera, por qué razón y en qué momento nos enamoramos, qué le sucede a nuestros cuerpos para situarse en tal estado de perturbación y cuánto dura o bien puede perdurar tan agradable sensación.

Las claves científicas del amor no pueden estar más lejos de las poéticas. Si acá manda el corazón, allá ordena el cerebro. Si para unos se pone en juego una magia arcana, para otros el gatillo lo disparan las prosaicas hormonas. “He cruzado océanos de tiempo por ti”, confesaba Drácula a su amada Mina en la película de Coppola; una declaración fácil y absoluta. “El amor es un proceso con base científica más difícil que la adicción a las drogas”, asevera, no obstante, la sicóloga Stephanie Ortigue, autora de La neuroimagen del amor, una investigación de dos mil diez publicado en The journal of sexual medicine.

Desde entonces, la perspectiva de una conexión romántica extratemporal resulta más atrayente que el festival de hormonas (dopamina, oxitocina, testosterona, adrenalina, feniletilamina…) que desata el enamoramiento. Y, no obstante, nunca hemos estado tan cerca de entender a Drácula como el día de hoy. Su pasión no era locura: era, sencillamente, ciencia.

El amor, entendido como un fuerte vínculo sensible que incluye la atracción sexual y el cuidado del otro, se expresa de múltiples formas, adaptadas a la personalidad del que lo goza o bien padece. Hay quien es víctima de pensamientos obsesivos y una fuerte dependencia sensible, y hay quien ha aprendido a querer la dicha del otro, adopte la manera que adopte.

Vivir es sentir

Lo que sí resulta común a todos y cada uno de los casos de enamoramiento es una secuencia de activaciones cerebrales que van reduciendo la ansiedad y las emociones negativas, generan adictivas sensaciones gratificantes y facilitan el vínculo del apego entre los enamorados. Son descubrimientos de la medicina neurológica del amor, un campo científico que apenas tiene 4 décadas, mas que no deja de generar fascinantes estudios que fortalecen la singular naturaleza de este sentimiento: lo más humano de lo humano conforme aseguraba el pensador Kierkegaard.

A continuación, te ofrecemos ciertos últimos descubrimientos efectuados por neurobiólogos, sicólogos, sexólogos, sociólogos y hasta economistas a propósito de los complejos y con frecuencia tortuosos mecanismos del amor. Mas no temas que los fríos datos terminen con la magia ancestral del romanticismo. La capacidad de querer empapa toda la existencia del humano, como ya observó en su instante el escritor Albert Camus: “No ser amado -afirmó- es una simple desventura. La auténtica desgracia es no saber querer”.

Teorías sobre el amor

  • A más sexo, más memoria. Estudiosos de la Universidad McGill de la ciudad de Montreal (Canadá) han probado que sostener relaciones íntimas frecuentemente no solo mejora la autoestima, sino ayuda al desempeño de la memoria. ¿La razón? La estimulación sexual contribuye a la neurogénesis, esto es, el desarrollo de nuevas células cerebrales. Además de esto, ayuda a sostenerlas vivas a lo largo de más tiempo. Eso sí, es preciso adiestrarlas diariamente para no perderlas.
  • Los opuestos no se atraen. Más bien al contrario: escogemos pareja guiados por nuestro código genético. Nuevas investigaciones publicadas en la gaceta Intelligence y llevadas a cabo por un equipo de sicólogos y economistas de la Universidad de East Anglia (R. Unido) y la holandesa VU University han probado que no elegimos a nuestra pareja al azar, sino más bien por afinidad. De este modo, personas con educación y habilidades cognitivas afines tenderán a emparejarse. O sea, que la escalada de la desigualdad que padecen nuestras sociedades está ya fijada (asimismo cariñosamente) en nuestro ADN.
  • Somos más polígamos (en serie… o bien no) que monógramos. La antropóloga y bióloga Helena Fisher, autora de Anatomy of love y una de las estudiosas más relevantes en neurobiología del amor, asevera que tras la etapa de amor apasionado (unos 4 años), donde el deseo sexual opera con intensidad, entran en juego diferentes procesos químicos cerebrales que invitan a las personas a cambiar de pareja. Y si bien nuestra cultura defiende la manga ancha para los hombres, son las mujeres las que están singularmente cableadas para buscar nuevos compañeros a la mínima de cambio. La antropóloga Brooke A. Scelza, de la Universidad de California (EE.UU.), escribió una investigación que prueba que la promiscuidad es femenina. Su teoría se fija en lo evolutivo: a más parejas diferentes, más posibilidades de procrear.
  • ¿Imborrable? Culpa a tus neurocircuitos. El amor intenso crea neurocircuitos muy resistentes que la memoria halla bastante difíciles de borrar cuando la relación se ha roto. Por eso no podamos olvidarnos de nuestro ex- a la velocidad que quisiéramos. De esta manera lo ha probado el reputado neurobiólogo Antoine Bechara, maestro de Sicología en la Universidad Southern California (EE.UU). Él ha descubierto que el cerebro prosigue mandando información pasada, si bien ya hayamos pasado página…
  • El pensamiento cambia nuestros sentimientos. Semeja que las hormonas no están solas en el momento de provocar la corriente química que desata el enamoramiento. Una investigación titulado La regulación de los sentimientos románticos, publicado en la gaceta de sicología Plos One, refuta el popular dicho que nos anima a “proseguir al corazón” y nos aconseja, más bien, que usemos el poder del pensamiento. En verdad, ya lo hacemos: el cerebro activa las zonas relacionadas con el amor cuando pensamos en nuestros seres queridos y también inhibe determinadas ondas cerebrales cuando recordamos a aquellos a los que ya no amamos. Conforme los doctores Langeslag y Van Strien, autores de tal estudio, tenemos más control racional sobre las emociones de lo que creemos. Es suficiente con meditar en querer a alguien para acrecentar nuestras probabilidades de hacerlo.
  • El sexo mejora con la edad. Un reciente estudio de la Universidad de Minnesota y la Stony Brook University (EE.UU), publicado en el Journal of sexual research, ha descubierto que las relaciones íntimas mejoran con la edad y no a la inversa, como marca el estereotipo asociado a la vetustez. Los estudiosos recogieron datos de seis mil doscientos sesenta y siete personas, y estos confirmaron la satisfacción de las personas mayores con sus relaciones. En parte se debe a que, con la edad, nos preocupamos menos por la frecuencia y más por la calidad. Este fenómeno es singularmente perceptible en las mujeres: otro estudio de la Universidad de Pittsburgh halló que la mayor parte de las mujeres de entre cuarenta y cinco y sesenta años reconocen que su vida sexual mejoró merced a su conocimiento del propio cuerpo y a la desaparición de inhibiciones.
  • La fórmula del éxito: autonomía en frente de entrega. La escritora y psicoterapeuta belga Esther Perel mantiene en su libro Mating in captivity: unlocking erotic intelligence que el amor romántico se mantiene sobre 2 pilares, entrega y autonomía, que deben sostener un siempre y en toda circunstancia bastante difícil equilibrio. El deseo de estar juntos y la necesidad de un espacio de soledad son, los dos, esenciales para el triunfo del amor. Mas si cultivamos una distancia demasiado larga, la conexión se interrumpe y, en una sobredosis de amedrentad, desaparece la magia de la personalidad que nos maravilla, ese misterio que jamás deberíamos solucionar completamente. Tal es la paradoja del amor.
  • El secreto de la dicha… (pista: no es el dinero). Un nuevo estudio de la más que solvente London School of Economics confirma que el amor tiene más que ver con la dicha que, por servirnos de un ejemplo, una subida de salario. Cerca de doscientos personas de todo el planeta han participado en este estricto estudio que apunta que una feliz relación de pareja es el factor que más contribuye a nuestra sensación de bienestar.
  • Los móviles inteligentes están destrozando las relaciones. Una investigación sobre el empleo del móvil, publicado en Computers in human behavior en dos mil quince, desveló una relación inquietante: cuanto más miramos el móvil (unas ciento cincuenta veces al día, conforme otro estudio estadounidense), menos interaccionamos con nuestra pareja. Un setenta por ciento de personas reconocieron este hecho. Una mirada al teléfono cuando tu pareja no mira o bien un mensaje que llega (y lees) en medio de una charla bastan a fin de que la otra persona se sienta desatendida… y a fin de que vuestra relación comience a desgastarse poquito a poco.

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